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¡Ni un paso atrás!


Las leyes migratorias son una expresión de la soberanía de las naciones, sin distinción de si en ellas predominan o no regímenes que respetan los derechos humanos.

En el trato hacia los extranjeros que intentan violar sus fronteras o los requisitos legales de ingreso o residencia, ningún país anda con paños tibios ni indulgencias.

Las excepciones a esta regla solo aplican en aquellos casos en que las normativas internacionalmente acepta­das autorizan dispensas excepcionales para los que re­únen las condiciones de refugiados.

En el caso dominicano, su indeclinable e innegocia­ble deber es hacer respetar rigurosamente la ley de mi­gración, base de la soberanía y su derecho a la autode­terminación, frente a las intrusiones de ilegales en su territorio.

Actuar a contracorriente de este principio, consagrado en su Constitución, es claudicar sobre uno de los más caros fun­damentos de su propia independencia, y semejante error se­ría imperdonable para el gobierno que se atreviera a hacerlo.

Afortunadamente ha sido firme y responsable el pro­nunciamiento del gobierno, vía Cancillería, para refutar críticas hechas por la Comisión Interamericana de Dere­chos Humanos en relación con las deportaciones de em­barazadas haitianas.

Estas ni son refugiadas ni nada por el estilo. Son mu­jeres que, desesperadamente, pagan a traficantes pa­ra venir a parir a los hospitales dominicanos, gratuita­mente.

Y estos traficantes son tan malvados que, si las muje­res no pagan el precio del trato, las secuestran, las vio­lan o les sustraen bienes.

Las historias de estos desmanes han sido ilustrados en una serie de reportajes sobre la temible banda ma­fiosa Los Poteas que ha publicado el Listín Diario en los últimos días.

Refugiados sí son, y están en el país sin ser devueltos a Haití porque pesan amenazas de muerte en su contra, el exalcalde de Puerto Príncipe, Ralph Youry Chevry, el exgobernador de una provincia, Wenson Pierrez y otros dos haitianos disidentes.

Así que frente a las maniobras insidiosas y mani­pulaciones que se articulan para presionar al gobier­no a que se haga de la vista gorda en la aplicación de la ley de migración, solo cabe una consigna: ¡Ni un paso atrás!

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